Sol en la oscuridad
metal purísimo
Dardo de oro en el centro de la rosa
Cómo alcanzar a un dios
que llega y pasa!
Alguien está clamando por nosotros
Veo voces que pasan
y escucho silencio de aves
que ya no volarán estos cielos
Te prometo
que un día retornaré
sin huesos
sin la piel
sin mis ojos
y permaneceré
¡Ah, de la soledad!
Velón clarísimo, indeciso rostro,
rostro inefable, enardecido y puro
bajo el dulce rumor de las campanas!
Ahora ya no nos queda más que este silencio.
El moría tan lejos
aquel día sin sol
cuando yo estaba en la plaza
Saint Sulpice
Las aguas de la fuente
se alejaban
como su vida breve y dolorosa
Yo escuchaba palabras
del amor y del servicio
y la muerte guiñaba un ojo,
irónica y perversa
Saint Sulpice?
Saint Sulpice?
Suplicio
Qué fría la boca del subterráneo cuando el
otoño, incierto, invade los días de verano
que corren entre los bulevares. Transeúntes desconocidos se apresuran a veces, y se detienen, otras, la mirada dispersa
Es una sinfonía oculta de murmullos que
llegan a Montparnasse, de Père Lachaise.
Quizá los mismos de todos los costados del mundo.
Una planta que arrojó el mar
dejó su efímera constelación
entre el día y el légamo
no hay quien asista
para escuchar su augurio
Es necesario que la muerte sea vencida
porque los ruiseñores
cantan en los bosques
y las estrellas arden un lenguaje de cielos
Es la Maga
que regresa aquí
donde sólo habita la soledad
en la sonrisa de las piedras
y abriré la ventana
para que se encienda una lámpara
en cada pliegue de sombras
y estarás
estarás
Ocurría en las noches, entre el sigilo
de los espejos que reflejaban gigantescos navíos
vagando por los cuartos;
buques de ocultos nombres.
Vals triste de Sibelius
esta tarde de otoño,
con esa bruma que te aproxima
desde el fondo de las calles sin gente.
Olor de la madera, árboles de agua clara.
Porque hay tanto silencio en esta límite,
no opaques el susurro que desde el fondo
de la tierra sube,
voz de muertos lejanos
Ella se encierra sólo para escuchar
Sibelius,
acto ritual como una ceremonia.
Porque es otoño
y ese muerto está allí,
aún de pie,
esperando.
Oh muerte, muerte
la esperanza dura.
La dama austera de la alabarda tibia.
Estoy bajo la lluvia de las flores
que desde los aromos
derraman su hermosura.
Así me habita el esplendor que clama,
cuando mis manos no bastan para estrechar
la presencia que me abriga.
Dame las tuyas
Dámelas
para ahuyentar vacíos.
Pero te nombro,
aún en el vacío.
En tanto, la poesía
germina con el hueso y con la furia.
Me atrapa el espejismo
del otro lado del cristal
sucede afuera la tarde
y se han echado a volar
tantos pájaros,
pero quién puede desentrañar
las voces
de lo inconfesable.
Observo
en el umbral
del miedo
temo el clamor que elevarán
las noches asombradas